jueves, 30 de enero de 2014

¿¿Estudian??



Hoy en día parece ser que casi todo el mundo debe ir a la universidad, y si no aprovechan esa oportunidad no tendrán futuro. Parece que ir a la universidad se haya convertido en una obligación, y ni es así ni debería de ser así. Son muchas las personas que tienen claro que no quiere ir a estudiar a la universidad, prefieren formarse de otra manera y seguir otro camino académico y profesional. Y no hay nada de malo en ello. El problema viene cuando hay una fiebre de titulitis aguda.

No creo que obligar a nadie a estudiar algo sea un objetivo a alcanzar, para que así el número de licenciados/graduados del país sea alto. Tampoco creo que ninguna persona deba sentirse obligada a estudiar nada. Y sobre todo, si no se tiene interés, creo que simplemente es mejor dejarlo.
Me enerva y enfurece ver que hay compañeros de clase que pasan olímpicamente de leerse lo textos (que se supone debemos leer para poder discutirlos) y que encima van de guay permitiéndose el absurdo lujo de reírse de la gente que mostramos interés. En lugar de reírse debería de caérseles la cara de vergüenza.
Me da mucha rabia ver que hay gente “estudiando” en la universidad durante años, aunque en realidad todos sabemos que no hacen más que ocupar una plaza, y que otras personas lo hayamos tenido y sigamos teniendo francamente difícil para poder estudiar.

Si no quieren participar, que no lo hagan, pero que no “roben” una plaza a una persona que sí podría a provecharla.

Lecturas sobre el presente (1): Bartleby el escribiente

 
 
 
La lectura de textos literarios como Bartleby el escribiente (1) de Herman Melville puede contribuir a una aproximación a la dimensión cultural del capitalismo, escamoteada en numerosos análisis del presente, incluyendo aquellos que reducen lo cultural a un proceso secundario determinado por la infraestructura económica. Bartleby el escribiente es un brillante caso para pensar una situación histórica que abate a la «humanidad», al menos en un sentido contemporáneo al relato de Melville (alrededor de 1850). El término es empleado por el autor, cuando traza un paralelismo sorpresivo: “¡Oh Bartleby! ¡Oh humanidad!” (2012: 74). Es, desde luego, un lazo disimétrico. Podría objetarse que Bartleby no representa la humanidad sino, a lo sumo, un cierto modo de ser de lo humano, una específica subjetividad moderna, ligada a unas condiciones histórico-culturales concretas.
 
Quizás por ello, en la introducción, el prologuista José Luis Pardo no parece reparar en esa frase final. Rebatible o no, la relación espécimen-especie está planteada de forma explícita. Que Melville se refiera a la «humanidad», en vez de a una clase social específica (constituida por seres como Bartleby, confinados en el anonimato), a una sociedad específica (la estadounidense) o, a lo sumo, a la sociedad occidental moderna como conjunto, no es una cuestión menor. Señala en una dirección específica. Incluso si ponemos bajo sospecha semejante totalización (por universalizar una particularidad histórica), ello sin embargo no nos habilita a omitir esta equivalencia propuesta en el relato, a riesgo de hacernos perder de vista su condición metonímica: el antihéroe en cuestión desplaza a una situación que, según apunta el autor, nos afecta colectivamente. Lo que dice nos atañe, entonces, aun si no somos sus contemporáneos. Así queda sugerido: en tanto humanidad, todos podríamos ser Bartleby.
 
Centrémonos en lo singular. De Bartleby no sabemos casi nada, salvo que pernocta por las noches en el despacho del abogado donde trabaja desde hace unos meses. No tiene vida social conocida ni muestra deseo de tenerla en lo más mínimo. Su «pobreza de experiencia», como recuerda Pardo a propósito de Benjamin, se hace manifiesta en la carencia de secreto, en la falta de espesor vital. No es “nadie”; lo contrario, quizás, al «cualsea» de Agamben (2): detrás, no hay nada, como ocurre con las figuras estelares efímeras que los medios televisivos producen (y destruyen) de forma serial.
 
Aunque no hay ningún nudo aparente en la narración de Melville, se puede advertir una cesura. Si en la primera parte nuestro protagonista acepta de forma dócil los encargos como copista, en un segundo momento advertimos que éste se desengancha de toda cadena de autoridad. No en nombre de la opresión de clase –en este caso, el abogado es de esa extraña categoría de personas que todavía muestra alguna preocupación por él-, sino del “vacío de sentido” insuperable en que el personaje se mueve. Podría decirse que algo en la “mecánica” de Bartleby se ha estropeado; quizás la revelación por parte de su jefe de lo único que escapa a la trivialidad de su vida: que su residencia no es otra que la oficina en la que trabaja. El escribiente, una vez que el espejo del otro lo revela en su indigencia vital, en la verdad de su insignificancia, se abandona a la inacción. Como una máquina de escribir rota, el escribiente ya no funciona. La «falta de hogar», desde luego, podría conectarse al universo vacío correlativo a la «muerte de dios» nietzscheana, esto es, a la soledad absoluta en la que la modernidad sitúa lo humano. La «desesperación», sin embargo, no tiene por qué ser explicada en clave metafísica. Podríamos ensayar, más bien, una lectura política del relato.
 
El “preferiría no hacerlo” que jalona toda la historia, a menos que interpretemos un gesto político de disidencia –interpretación, en última instancia, errónea-, describe lo que, como humanidad contemporánea, nos implica. Hacernada o no hacer nada es una cuestión de énfasis, no de cualidad. Según la enunciación, se puede poner el acento en la “actividad” o “pasividad” del sujeto, pero en un punto de innegable confusión, en una zona indiscernible en la que «voluntad» e «impotencia» coinciden. El desplazamiento en la acentuación puede precisarse: si en la primera parte del relato la preferencia se plantea en un sentido contrario a la acción, primando el momento de pasividad, en la segunda parte, la pasividad coincide con la preferencia y se convierte en una forma de actividad.
 
Preferiría no hacerlo se mueve en el orden de un deseo insatisfecho que choca con el automatismo de la acción. ¿Qué hace un copista que no sea repetir la Letra muerta y revisar compulsivamente el rigor de la copia? El condicional matiza la acción compulsiva; hay una preferencia en sentido inverso que, sin embargo, la acción cotidiana desatiende. No es que uno quiera que sea así, pero ello no impide en absoluto que así sea. No es difícil reconocer en esa rendición una forma de supervivencia desolada, que afecta al menos a cierto segmento de humanidad, una vez que es impelida a repetir tediosamente una escritura de la que no hay nada que decir (o una vida en la que no hay nada que hacer). En este caso, el «sujeto» no es sino el soporte de unas estructuras clausuradas; su papel queda limitado a la reproducción de un círculo de actividad vital despojada de sentido. La creatividad anulada produce sujetos escribientes: un ser “pasivo” que se limita a la tarea irreflexiva de copiar o, ulteriormente, un ser “activo” que se entrega a la pasividad de hacer nada.
 
Bien podría aquí invocarse a uno de los ideólogos de las relaciones industriales, convertidas luego en «administración de recursos humanos»: “No se os pide que penséis…”.  La sentencia de Taylor, en efecto, resume un sistema de organización del trabajo basado en la separación radical entre «planificación» y «ejecución». La ética productivista complementa esas condiciones de producción en la que el “trabajador manual” es reducido a un engranaje maquínico dentro de la división social del trabajo. El planteamiento radical del relato, mucho antes de esta técnica productiva, es la extensión de una lógica mecanicista en la que la singularidad del cualsea es anulada. Para decirlo de modo extremo, al modo althusseriano: todo marcha bien en la medida en que obedezcáis, más allá de vuestro deseo, de las preferencias subjetivas. “No penséis…” es el imperativo funcional; de lo contrario, la máquina se estropea, la Escritura fracasa, el Sujeto muere. Aunque en nuestros términos esas destrucciones permitirían una reactivación de los flujos del deseo, de las escrituras pluralizadas y de las prácticas del disenso, desde una perspectiva interna esta exigencia o interpelación no cesa de plantearse desde diversos dispositivos institucionales, independientemente a que las actuales mutaciones en la organización del trabajo hayan alterado de forma significativa el sistema taylorista.  
 
Lo central, para el caso, es que Melville expande la mancha. El escribiente repite indefinidamente lo que no quiere hacer. Todo marcha bien, según esta ideología productivista, hasta que Bartleby “pierde los papeles”. El cortocircuito, entonces, hace estallar la presunta marcha gozosa de la historia o, algo que vendría a ser equivalente, el supuesto “fin de la historia” (el círculo perfecto de la reproducción capitalista). La excepcionalidad del relato de Melville es que nos instala en una escena que anticipa con una lógica implacable uno de los dramas centrales del siglo XX: la de un sujeto que repite de forma compulsiva una actividad indeseada, carente de sentido desde su perspectiva inmanente. La “humanidad” sigue sin evitar lo evitable (3). La resolución de Bartleby -su “activa pasividad”- es “dejar de hacerlo”.
 
El “preferiría no hacerlo” se concreta así en una negativa total. Podríamos considerarlo “revolucionario” si, en efecto, esa interrupción implicara una politización radical de esta (de)subjetivación a la que es reducido el “escribiente”, de la absurdidad hipostasiada como condición metafísica. Ese deseo permitiría mostrar la contingencia radical del presente y, por tanto, su revocabilidad histórica. En el caso del relato, sin embargo, el “preferiría no hacerlo”, aunque da lugar a un pasaje al acto, es coincidente con la activa pasividad de hacer nada. De algún modo, lo “absurdo” de la repetición compulsiva (asumiendo que podría haber formas creativas de repetición) persiste en Bartleby como condición ontológica insuperable. De ahí que la única alternativa que nuestro protagonista vislumbra sea la muerte como liberación. Si tras el enunciado “preferiría no hacerlo” irrumpiera un «acto» capaz de cuestionar un orden impositivo o de desafiar un régimen reificante, la preferencia subjetiva subvertiría el orden de la acción. Pero la negación de Bartleby es una forma de nulidad absoluta: ninguna alternativa ético-política asoma ahí, como no sea dejarse morir (diferente al suicidio). No deja de ser pertinente el recordatorio de la primera teoría crítica: “La negación indiscriminada de todo lo positivo, [es] la fórmula estereotipada de la nulidad (...)” (Adorno y Horkheimer, 1997: 38 [4]).
 
Si por una parte potenciar la creatividad y el deseo en la práctica cotidiana podrían plantearse como claves culturales de un proceso revolucionario, capaz de construir unas constelaciones de sentido diferentes, por otra parte el capitalismo no hace sino taponar esa creatividad y deseo o, al menos, subordinar esos términos al imperativo funcional. En la medida en que la preferencia es interrumpida o abortada en detrimento del hacer, pues, no hay sabotaje a la máquina. Como deseo pasivizado, implosiona en el sujeto escindido, bajo diversos síntomas. La máquina sigue funcionando, aunque la condición de existencia de este funcionamiento sea arruinar millones de vidas. El “preferiría no hacerlo” sigue siendo estéril mientras su condicionalidad no desafíe el hacer actual, el momento “reproductivo” de la práctica que tapona la emergencia del «acto» político capaz de subvertir la estructura social. Con ello, reafirma el cinismo hegemónico: preferiría no hacerlo, sé cuán negativa puede ser esta práctica, pero no puedo dejar de hacerlo, ante todo, porque no estoy dispuesto a desistir de un régimen de pequeños goces, aun si ese régimen autoriza la peor de las injusticias, que es la del Goce sacrificial: la destrucción sistemática de los otros.  
 
Pero Bartleby tiene la coherencia que nosotros carecemos. Da el paso que nosotros evitamos: dejar de hacer lo que preferimos no hacer. Lleva hasta el límite su pasividad consecuente. No renuncia a nada: excluye lo que no quiere, aunque se trate de una preferencia mortífera. ¿Podría decirse que Bartleby muere a causa de su nihilismo? Creer en la nada sería todavía una peculiar forma de creencia: aquella que plantea una desconfianza radical ante el deseo de vivir. El protagonista de esta historia colectiva, sin embargo, parece moverse por debajo de ese umbral: no desea vivir; está atrapado por una nulidad que afecta su vida cotidiana, en el centro vacío de su ser. Por eso, la muerte aparece aquí como liberación; una forma de construir una salida. Quizás ese sea el estado mismo de cierta “humanidad” occidental que nos implica en primera persona: la que preferiría no participar en la máquina devastadora del capitalismo, en su mercadología, su crimen perpetuo, su daño sin rostro.
 
Claro que llegados a este punto, tenemos razones para preguntar si las preferencias no son en verdad diferentes a las proclamadas o, al menos, si no coexisten de forma conflictiva con otras: ¿por qué si preferimos esto sigue primando aquello que quisiéramos evitar? ¿En qué sentido deseamos otra cosa? ¿Qué significa que la práctica aparece escindida del deseo? Finalmente, ¿qué sujetos (y a través de qué modalidades) ejercen este poder de fijar unas rutinas, de construir unas repeticiones que llamamos prácticas sociales? Se dirá que, a pesar de todo, un proceso hegemónico, antes que mera dominación pasiva, presupone ciertos enganches subjetivos. Pero una de dos: o Bartleby muere porque su nihilismo no le permite hacer otra cosa (una preferencia sin contenido, un gesto puramente negativo) y en tal caso dejar de repetir conduce a la muerte, o bien Bartleby es esa “humanidad” que encarna una posición subalterna, en tanto escribiente que sigue repitiendo una práctica vaciada de sentido, más allá de unos deseos abstractos que se le opondrían.
 
La posibilidad, sin embargo, de una máquina social fuera de todo deseo es inverosímil. La mera obediencia a lo que no es del orden de las preferencias, esto es, la pura coacción suena a coartada, por más asimetrías de poder que pudiéramos reconocer en las relaciones sociales. Uno mismo tendría que cuestionarse su propia participación no tanto en los sistemas coactivos como en la retícula institucional que produce ese proceso hegemónico. Tendría entonces que interrogar al mismo tiempo su propia repetición,  darle una productividad diferente, en suma, introducir una diferencia que permita vivir otras posibilidades imaginadas.
 
En Bartleby la sustracción del automatismo, la interrupción de esta funesta «normalidad», se paga con la muerte. La extraña osadía de un personaje semejante, con su carga tragicómica, es dejarse morir para liberarse del círculo de la nulidad. Pero puesto que esa repetición es producto de unas estructuras históricas, la salida de Bartleby no es la única posible. Es más bien una resolución contingente: una fuga desesperada ante esas estructuras. Dejar de copiar indefinidamente una Escritura heredada, por tanto, no tiene como consecuencia necesaria la fatalidad de la muerte. Podría conducir, asimismo, a la construcción de otra vida social. 
 
Por lo demás, el lazo entre Bartleby y la humanidad, en el desenlace, se convierte en contrapunto: “dejarse morir” sigue siendo un cortocircuito en el círculo de las repeticiones. Una forma de salir del cinismo de una práctica que se sabe catastrófica y que a menudo se declara “imprescindible” para la supervivencia. Lo decisivo en el protagonista es esa interrupción, esa desobediencia, que la “prudencia” del sentido común desaconseja para seguir acatando una orden que ha perdido sentido para quien la cumple (si alguna vez lo tuvo). Algo no menos drástico: ese sentido común preferiría no saber nada. No asumir su responsabilidad. Borrar sus huellas. No tener que hacerse cargo de una práctica que no se desea –al menos, en lo que tiene de penoso- pero que sostiene en nombre de una promesa de satisfacción.
 
Como una transacción simbólica ante lo que se sigue haciendo, lo que queda en pie es la fórmula del avestruz, como si esconder la cabeza fuera a evitar que las esquirlas nos den en el cuerpo. Preferiría no saber nada de los efectos de esa práctica, del crimen en el que nos movemos, de la infinita injusticia que asedia al mundo. Pero puesto que no podemos sustraernos de ese saber, en tanto contrapartida de nuestra implicación práctica en la reproducción del mundo social actual, no hay forma de eludir el momento de la decisiónante la estructura cínica del capitalismo: necesariamente tomamos partido.  
 
La muerte o el goce mortífero de la compulsión siguen ahí, no como una opción binaria ineludible sino como alternativas contingentes, entre otras, ante la “encerrona” en la que históricamente parecemos entrampados. Quizás La lucidez de Melville es prefigurar en el siglo XIX lo que la obra de Kafka desarrollara en el XX: la de un mundo administrado en el que el sujeto se lanza a luchar por lo (im)posible movido por la asfixia ante el presente. Como él, no nombra la utopía ni anticipa alguna reconciliación final, sino que se mueve en el espacio de la distopía y el antagonismo, acaso como única forma de abrir resquicios en el atolladero de lo real.
 
Llegados a este punto, ¿hay alternativa entre la preferencia puramente negativa y la práctica cínica? La pregunta es de índole ética y política: ante la justicia que declaran imposible, debe haber alternativas y cada uno toma partido, lo quiera o no, en la práctica creativa de ese deber. No hay nada como no sea la propia «humanidad» la que puede desbloquear la creación histórica de nuevas posibilidades. En esas condiciones, la negativa crítica se transforma en otra forma de desobediencia: aquella que politiza radicalmente la práctica y hace posible su devenir revolucionario. Pero esa ya no es la historia del escribiente, sino la historia que nos atañe escribir a nosotros, sus sucesores.
 
Arturo Borra 
 
(1) Melville, Herman: (2012): Bartleby, el escribiente, trad. J. L. Borges, Siruela, España.
(2) En La comunidad que viene (trad. J.L. Villacañas y C. La Rocca, Pretextos, Valencia, 2006), Agamben se refiere al “cualsea” para referirse al ser humano que, tal como sea, sea cual sea, importa: “(…) la singularidad expuesta como tal es cual-se-quiera, esto es amable” (p. 12). Bartleby es, quizás, aquel ser conmovedor que, sin embargo, no parece despertar ningún amor en los demás: vive en la soledad más absoluta, incluso si su rutina le exige interactuar ocasionalmente con sus compañeros o su jefe.
(3) Así ocurre, por limitarme a un ejemplo, con la pobreza mundial. Es evidente que hay medios técnicos suficientes para suprimir la pobreza que afecta a una parte significativa de la población mundial. Se sabe de sobra de ese mal completamente evitable y, sin embargo, las políticas destinadas a desterrarla son irrisorias.   
(4) Adorno, Teodor y Horkheimer, Max (1997): Dialéctica del Iluminismo, Sudamericana, México.
 

martes, 28 de enero de 2014

Top Ten Tuesday (19): Personajes con los que NUNCA intercambiaría lugar

               
Top Ten Tuesday es una sección hecho por el Blog The Broke and the BookishSe trata de una sección donde dicho blog propone un tema todos los martes y se realiza un conteo de diez libros, autores o cosas que se relacionen con el tema. 

Hola!

Hace mucho no hacía una entrada de esta sección, así que ya era hora de retomarla!... Aquí mi lista de esta semana:

 Personajes con los que NUNCA intercambiaría lugar



1. Katniss Everdeen - Los Juegos del Hambre. Katniss es genial. De verdad. Es una chica valiente que hace lo que sea para sobrevivir. Es una gran tributo/sinsajo. ¿Yo, en su lugar? *Risa histérica* Ni siquiera habría pasado de la segunda página del primer libro (sí, cuando ni siquiera había llegado a los juegos). Así que, ♪te lo agradezco pero no♪.

2. Tris Prior - Divergente. Trish no es mi persona favorita pero admito que ha pasado por las duras y las maduras en su Chicago distópico (aún cuando muchos malos momentos se los buscó ella solita ¬¬). Yo, en su lugar, no habría sobrevivido al tren en movimiento. Es más, probablemente hubiese elegido estar con los eruditos y el cuento sería otro :O :O

3. Thomas - Correr o Morir. Otro mundo distópico. Otro lugar en el que no sobreviviría ni una noche (moriría en esa primera noche fuera del laberinto. Fin de la historia).

4. Hazel Grace o Gus, ya puestos - Bajo La Misma Estrella. ¿Tengo que decir por qué no me gustaría estar en su lugar? Eh, no, gracias. Además creo que Hazel es demasiado profunda y yo no, así que tenerme de protagonista sería un paseo por Lalalandia.

5. Ned Stark - Juego de Tronos. No, gracias. Muy lindo e interesante tu mundo, Ned, pero yo preferiría dejarte todo el honor.



6. Mara Dyer - The Unbecoming Of Mara Dyer. Su vida es una locura y pasan cosas muy extrañas, así que probablemente enloquecería o moriría de miedo, literalmente.

7. Acheron - Acheron. OH. MY. DEAR. GOD. Creo que alguien que haya leído este libro debe saber que ninguna persona se ofrecería para cambiar de lugar con Ash. JAMÁS. Las cosas que pasan en este libro son demasiado desgarradoras. Un NO rotundo.

8. Bruno - El Niño del Pijama de Rayas. Aunque hay cosas tan absolutamente geniales en este libro, en general es algo que no me gustaría vivir. Definitivamente no. Lo siento, Bruno :(

9. Brooke - Real. JAJAJAJAJAJAJAJAJA... ¿What the hell is wrong with my brain? Aun cuando su vida no tiene ni un poco de tragedia ni vive en un mundo distópico, aún cuando parece que "se divierte" y tiene una vida perfecta, JAMÁS DE LOS JAMASES querría estar en los zapatos de esta mujer. Primer me vuelvo tributo, con eso lo digo todo.

10. Sky - Hopeless. Muy trágica tu vida, Sky. Y al parecer tus poderes mágicos y novio sensual tu personalidad arrolladora te ayuda a soportar muy bien tanto dolor. Yo, que soy una mortal común y corriente normal jamás podría superar todo eso. Así que, aunque suene cruel, el honor es tuyo, yo me quedo con mi vida aburrida y sin un novio stalker y sensual.


¿Con qué personaje JAMÁS EN LA VIDA intercambiarías lugar? ¿Compartimos alguno? ¿De mi lista hay alguno con el que sí cambiarías *tributo no, tributo no*?

Nos leemos ;)

lunes, 27 de enero de 2014

"El siglo del yo" (Parte I), de Adam Curtis

 
 
 

No encajo

Es así, es una verdad como un templo de grande. Es una evidencia, se ve. Se nota. Yo, lo siento.
No encajo. No sirvo como referencia, ni como ejemplo de la gente de mi edad. Nunca he sido una buena referencia para ello, y creo que nunca lo seré. No soy ni mejor ni peor, pero sí deferente. Soy como soy y después de tratar absurdamente de encajar, decidí no intentarlo más. Soy como soy, para bien y para mal.

No tengo interés en la mayoría de las cosas que se supone son interesantes para mi edad. No me suelo sentir cómoda con gente de mi edad, sino más bien con gente más mayor. No me hacen gracia las absurdeces que la gente suele mandarse en cadena por email. No tengo facebook ni ganas de volver a tenerlo. Lo siento, pero me falta paciencia e interés para tener que leer y ver tal sarta de tonterías.

Nunca he tenido como objetivo al salir, pillarme un pedal mortal. Entre otras cosas porque, nunca he necesitado alcohol ni similares que me ayuden a mostrar un yo más "libre". Yo soy libre haya donde voy, y si quiero hablar lo hago y si quiero bailar en el centro de la pista, pues lo hago también.

Y por supuesto, ni he tenido ni tengo la necesidad de mostrar al mundo cada minuto de mi vida.
Si es cierto que tengo un blog, pero en el suelo expresar mi opinión sobre ciertos temas. No por tratar de iluminar al mundo con mi bombilla fundida, sino más bien albergando la esperanza de poder entablar una pequeña discusión.

No sé si es sólo mi sensación, pero veo una terrible necesidad en la gente de mostrar que hacen, para por supuesto ser alabados y comentados en todo momento.

Portadas Reveladas (28)

Hola!

Otro lunes más, otra entrada sobre portadas :D... Sin más, aquí están:


Portadas Reveladas

Rush - Nyrae Dawn (rediseño de portada)




Nuevamente, no tengo ninguna que me mate, pero me gusta un poco Otherbound, y la sencillez de The Forever Song... ¿Cuál es tu favorita?

Nos leemos :)

jueves, 23 de enero de 2014

Gebraucht/De segunda mano



Hay países en los que reutilizar cosas de otras personas es algo habitual. Hay mercadillos con cosas de segunda mano, hay páginas web que ofrecen cosas de segunda mano. Incluso hay páginas a través de las cuales es posible pedir prestado por ejemplo una herramienta a algún vecino. Reconozco que yo no conocía este tipo de páginas, hasta que una autora de uno de los blogs que sigo lo comentó. Al parecer en Holanda es algo habitual.

Yo no tengo recuerdo de que en España sea algo habitual el comprar cosas de segunda mano. Claro que todos hemos reutilizado ropa o algún juguete de algún primo, vecino o amigo cuando éramos pequeños. Pero no creo que el tema de reutilizar cosas esté tan instaurado y tan organizado como en otros países. Sé que algunas personas han creado algunas páginas web para ofrecer ropa o juguetes propios o ajenos, para intercambiarlos o venderlos a un precio bastante económico.

Creo que la mentalidad de reutilizar cosas no es la más extendida en España. En Alemania, tenga la gente dinero o no( por supuesto hay de todo en tierras teutonas) miran si pueden agenciarse con algún mueble de segunda mano en vez de comprar uno nuevo. Me refiero a que el tratar de conseguir cosas más económicas es algo que está extendido y es aceptado por la sociedad. En España no veo lo mismo. Ahora con las circunstancias económicas y sociales que están asolando el territorio la mentalidad va cambiando, pero sigo sin creer que sea lo más habitual. Yo achaco esta mentalidad tan distinta a la manera de enfocar la vida, por supuesto que me puedo equivocar al decir lo siguiente, pero creo que hay mucha gente en España demasiado orgullosa como para ir con el coche a recoger un mueble a casa de otra persona. Si pueden van y se lo compran nuevo; eso de usar cosas de desconocidos....uy como que no...

Yo creo que dependiendo de qué sea y el estado en el que se encuentre, hay cosas que merecen ser reutilizadas. Los sofás y la butaca de mi salón son sin ir más lejos, de segunda mano. Mi suegro fue con el remolque, y recogió los tres por 9 euros. Y la verdad es que son de cómodos.....¡En la mudanza nos los llevamos, aunque tengamos que acarrear con ellos!

Reseña: Eleanor & Park - Rainbow Rowell


Título: Eleanor & Park
Autora: Rainbow Rowell 
Editorial: Alfaguara
Género: Young Adult - Realista
Fecha de Publicación: Noviembre de 2013
Sinopsis: «—Bono conoció a la que sería su mujer en el instituto —dijo Park.
—Sí, y también Jerry Lee Lewis —contestó Eleanor.
—No estoy bromeando.
—Pues deberías. Tenemos 16 años —dijo Eleanor.
—¿Y qué pasa con Romeo y Julieta?
—Superficiales, confundidos y, posteriormente, muertos.
—Te quiero, y no estoy bromeando —le dijo Park.
—Pues deberías»

Reseña


Eleanor es nueva en la escuela y no conoce a nadie, así que cuando sube al autobús vive un momento bastante incómodo: no sabe dónde sentarse y nadie parecer ser lo suficientemente agradable con ella como para ofrecerle una silla. Hasta que un chico asiático, de una forma muy grosera, le dice que se siente a su lado. Aunque al principio no se caen muy bien, poco a poco van descubriéndose y los sentimientos empiezan a surgir. Juntos vivirán momentos felices, pero también muy difíciles. ¿A dónde podrá llevarlos este amor juvenil?

Todos hablaban de lo maravilloso que es este libro, lo buena escritora que es Rainbow Rowell y lo absolutamente doloroso del final. Pues bien, al fin decidí darle una oportunidad, y me encontré con una historia de amor muy linda y real, pero también una historia que le faltó un poco más para ser perfecta para mí.

Eleanor viene de un hogar destruido así que no sabe lo que es el amor, es una chica introvertida, un poco fría, distante y rarita. Siempre va por ahí luciendo ropas grandes y viejas y colgándose adornos por todas partes. Es una "inadaptada", así que sufre de bullying en la escuela por su cabello y sobrepeso. Park, por otra parte, vive en una vida casi perfecta. A pesar de tener una relación difícil con su padre, su familia siempre le ha brindado todo el amor del mundo y ha cubierto todas sus necesidades. No es un completo inadaptado, así que en la escuela no se meten mucho con él, algo por lo que está agradecido. Es mitad coreano y siempre se ha sentido cohibido porque cree que se ve demasiado femenino. En general, es un chico solitario, callado, que disfruta de su música y los cómics y odia tomar clases de conducción con su padre. 

La relación de Eleanor & Park me parece muy dulce. Aunque para mí todo es demasiado instantáneo (primero se odian y al día siguiente ya no pueden vivir sin el otro o.O), en general Rainbow escribe a la perfección sobre el primer amor: dulce, inocente, y lleno de momentos especiales y algunas primeras veces. Cuando la autora se mete de lleno en la historia de amor es cuando sus mejores escenas salen a relucir. Park se siente un poco avergonzado de que lo vean con Eleanor, pero poco a poco va dejando de lado eso y va entendiendo la profundidad de sus sentimientos y  todo lo que significa Eleanor para él. Ella, por su parte, se enfrenta a sus debilidades, a su falta de confianza en sí misma y en alguien más, y a su temor de no ser amada. Ver cómo esta relación nace, crece y deja de ser un insta-love es lo más bonito de este libro.

Aunque la autora no profundiza demasiado en los personajes secundarios, sí que se esfuerza porque tomen parte importante en la historia. Tanto los padres de Eleanor como los de Park son parte importante en el desarrollo de la historia y un poco en el porqué de sus personalidades; Richie, el temido padrastro de Eleanor también es una gran pieza para los últimos capítulos; y ni que hablar de Steve y Tina, que parecen malvados e irrelevantes, pero que tienen un buen momento de risa y profundidad en la historia.

—Deja de preguntar —se enfadó Eleanor. Ya no podía contener las lágrimas—. Siempre preguntas eso: "¿por qué?". Como si hubiera una respuesta para todo. No todos tenemos una vida como la tuya, ¿sabes?, ni una familia como la tuya. En tu mundo las cosas suceden por una razón concreta. Las personas actúan con lógica. Pero en mi mundo... En mi mundo nada tiene sentido.

Aunque Rainbow Rowell hace un trabajo excelente con la relación amorosa, todos los otros tópicos del libro son bastante superficiales. Ella intenta abarcar tantísimos temas que al final no desarrolla ninguno tan profundamente como lo hace con la historia de amor. Bullying, racismo, maltrato, familias disfuncionales, relaciones difíciles entre padre e hijo, inseguridad, amistad... son temas que la autora toca, que en algún momento se ven reflejados en la historia pero que jamás profundiza. Así que he quedado un poco decepcionada por eso, porque creo que le ha restado profundidad al libro, y al final sólo terminamos leyendo sobre una historia de amor, real y tierna, pero solo eso, una historia de amor más. Si se hubiese enfocado en un tema específico y lo hubiese profundizado y llevado hasta el final, definitivamente me hubiera gustado mucho más la historia.


Además de esto, hay dos cosas más con las que no quedé contenta: las referencias a la cultura pop ochentera constantes e inservibles al desarrollo de la historia (la música, las camisetas de Park, la referencia a Star Wars, e incluso el uso de la palabra "casete" fueron perfectos, pero nombrar a actores, series y películas diferentes en cada capítulo lo consideré excesivo);  y los últimos capítulos, que me parecieron demasiado apresurados y superficiales (¿soy la única que se pregunta qué pasó con la familia de Eleanor?), como si la autora quisiera terminar el libro de tirón, sólo incluyendo más drama y un final desolador pero esperado (que, por cierto, me dejó bastante satisfecha).


En general, es una historia de amor linda, tierna y especial pero también dramática y difícil. El libro es entretenido y tiene sus buenos momentos de drama, tristeza y risas. Aunque no ha sido una lectura perfecta para mí, la recomiendo completamente porque Rowell escribe de una manera sencilla y atrayente, logrando que te involucres completamente con la historia y los personajes.

—No hay razón para pensar que un día dejaremos de amarnos —insistió—. Y muchas para pensar que seguiremos juntos.

Puntuación:



Aquí es donde puede que me lancen piedras ¿Cuál es tu opinión del libro? ¿Las expectativas que tenías le hicieron justicia? ¿O eres de los pocos que, como yo, no le pareció tan perfecto? O Dios no lo quiera, ¿de los pocos que no han leído el libro? :O

Nos leemos ;)

miércoles, 22 de enero de 2014

WoW (18): Bright Before Sunrise - Tiffany Schmidt

Waiting on Wednesday es una sección hecho por Jill en su Blog, Breaking The SpineSe trata de enseñar aquellos libros próximos a salir a la venta (o ya en venta) que queremos tener en nuestras manos.



Bright Before Sunrise - Tiffany Schmidt  (18 de febrero de 2014)



Cuando Jonah es forzado a mudarse desde Hamilton a Cross Pointe para la segunda mitad de su último año, "miserable" no alcanza a cubrirlo todo. Se siente como las sobras del primer matrimonio de su madre, y todo lo demás en su nueva vida —su nuevo esposo, nueva casa y nuevo bebé— es una mejora. La gente en la Secundaria Cross Pointe es pretenciosa y privilegiada, y la peor de todos es Brighton Waterford, la encarnación de todas las cosas superficiales y populares. La novia de Jonah, Carly, es su último lazo con lo que se siente real... hasta que rompe con él.

Para Brighton, cada día es un pozo de demandas y expectativas. Desde que su padre murió, ha dependido de un método para afrontarlo todo: sonreír grande y fingir estar bien. Puede que eso haya mantenido unida a su familia, pero no tiene idea de cómo manejar cómo se siente en realidad. Hoy es el aniversario de su muerte y las grietas están empezando a aparecer. Lo último que necesita es que el chico nuevo le diga lo mucho que le desagrada por razones que ella no puede entender. Está empeñada en cambiar su opinión, y cuando se quedan juntos una noche, por fin tiene su oportunidad.

Jonah la odia a las 3 p.m., ¿pero cómo se sentirá a las 3 a.m.?

Una noche puede cambiar cómo ves el mundo. Una noche puede cambiar cómo te ves a ti mismo.


                                                                   



A mí me causan mucha curiosidad las historias que pueden suceder en un día, así que cuando vi esta supe que tenía que leerla.

¿Qué opinan? ¿Quieren leerlo?

Nos leemos ;)

martes, 21 de enero de 2014

Al derroche

En tierras germánas, como en toda partes, hay de todo. Desde derrochadores compulsivos, hasta ahorradores empedernidos. Así pues el abanico de caracteres en ese sentido es amplio, muy amplio. Y es que, de todo hay en la vinna germana del sennor.

Si bien es cierto, que los alemanes, en general, tienen (bajo mi punto de vista) cierta tendencia al ahorro. Miran más el precio de las cosas, son capaces de comparar los precios en distintos establecimientos, buscan ofertas y piensan y repiensa. Lo cual, yo no creo que sea malo. Como todo en esta vida, si se hace con mesura es una hermosura, si te pasas, arrasas(vaya rima me acabo de inventar!)

Hay gente a la que le parece muy divertido criticar el afán ahorrador de los alemanes. Yo es que ni lo defiendo, ni lo critico. A mí ni me va, ni me viene. Cada uno que haga lo que quiera... Pero lo que no me gusta y no puedo evitar comentar es la actitud derrochadora de agunas personas, me es indiferente la nacionalidad. Ven que alguien que conocen se niega a gastarse, digamos 10 euros en X, ya que creen no utilizarlo en un futuro, y por lo tanto lo consideran un gasto inútil, y se ríen o critican a su conocido.

¿¿Pero no será más lógico comprar siendo consciente de si lo necesitas/vas a utilizar o no??

No creo que deba mirar sólo el precio. Un chollo, para mí, es un muy buen precio en algo que quiero/necesito y voy a utilizar. Pero si no lo voy a utilizar, por muy barato que esté, no me merece la pena comprármelo, y despilfarrar un dinero, que puedo aprovechar para otra cosa.

Creo que muchas personas tendrían menos estrecheces económicas si se pensaran las cosas dos veces antes de abrir la cartera. Incluso tendrían mas espacio en casa si no compraran cosas inútiles que no van a utilizar.... una pena que seamos animales tan inteligentes para algunas cosas y tan penosos para otras!